jueves, 27 de diciembre de 2012

La paz empieza nunca



“La paz empieza nunca” es el título del libro que en estos días tengo entre manos. El contenido del mismo, sin menoscabo alguno a la importancia, no tiene nada de excepcional. Se trata de uno más de los tantos libros que han tomado como referencia la guerra civil española. Sí que tiene algunas particularidades. Por ejemplo, el haber sido escrito en mil novecientos cincuenta y seis, veinte años después del inicio de la contienda y contar la historia a partir de ese año y hasta el medio siglo aproximadamente.

“Está claro que entonces lo que no funcionaba era, nada menos, que la convivencia de unos españoles con otros españoles. Aquí no nos podíamos ver la mitad de la otra mitad. No nos aguantábamos, unos podíamos vivir y otros no”,  dice en el prólogo.

Pero no es esta paz, ni estos conflictos, ni estas diferencias ideológicas ni sociales lo que me ha hecho reflexionar. La paz que parece no ya empezar, sino estabilizarse, es la paz interior. Andamos a trompicones con los propios, los ajenos y hasta con los extraños. Cualquier acontecimiento nimio o importante puede provocar la alteración de esa paz personal que se tiene consigo mismo y conseguir sumirnos en un estado de desasosiego del que en ocasiones es difícil escapar. Nadie queda libre de este peligro emocional. Lo que sí que ocurre es que no todos sufren por igual el paso por estos trances.

Todos los que tenemos hijos y nos esforzamos por transmitirles lo mejor, sabemos de la dificultad que, a determinadas edades, esto comporta. No hay libro de instrucciones ni para cada edad ni para cada hijo. Aún del mismo padre y paridos por la misma madre, la disparidad de caracteres puede ser tal, que lo lleve a uno a equivocarse al utilizar un modo de actuación que funcionó con el hijo mayor, pero que resulta una bomba con el menor. Y todo ello partiendo de la base que ninguno de los dos que tengo ha sido ni es conflictivo. Siempre han tenido un límite, flexible, por su general buen espíritu, comportamiento, respeto y humildad; pero nunca han estado libres de firmeza cuando la ocasión lo ha requerido.

Será que la hermana mayor hace ya siete años que pasó por la difícil edad que tiene ahora el menor, dieciséis años, que casi no recordaba los inconvenientes que tiene transitar por esa etapa de la vida.

Será también que este insignificante desencuentro ha coincidido con unos días que tengo de descanso y dispongo de algún tiempo para poner por escrito lo que siento. El caso es que no puedo evitar sentirme mal, a pesar de estar absolutamente convencido de la posición que he adoptado y del apoyo incondicional de mi mujer. Sé que él tampoco lo está pasando bien, pero no quiero que piense que vale todo y que con el tiempo todo se olvida. Y lo que más me importa que no piense, es que mis decisiones van contra él. El tema está en conseguir que la cuerda no se tense hasta romperse, tener guardado un trozo e ir soltándolo si es necesario al tiempo que se intenta conseguir que el otro vaya dejando de estirar poquito a poco.

¡Es lo que hay!

Luis Fernando Berenguer Sánchez.
27 de diciembre de 2012.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Acontecimiento inesperado




Amanece cada día entre alegrías y tristezas. Nada ni nadie lo propicia ni lo impide. Amanece porque tiene que amanecer, porque la tierra rota sobre sí misma en torno a un imaginario eje que hace que, cada veinticuatro horas y algunos segundos, el sol vuelva a regalarnos su impagable luz; a no ser que esté nublado y sus rayos se vean obligados a atravesar el manto de nubes para iluminar sin brillo el día.

A partir de esa innegable certeza ya nada más depende de uno mismo. Puesto el pie en tierra al despertar (cada uno que ponga primero el que quiera), y planificado el día según las obligaciones u ociosidades que a cada cual le aten o distraigan, siempre podrá interferir o no el elemento imprevisible.

Todo pinta bien, las obligaciones han sido cumplidas según lo previsto, y es entonces cuando entran en escena el resto de actividades que han de satisfacer las inquietudes personales que a cada uno le agraden, distraigan o entretengan. En esas estamos esperando, ilusionados y en connivencia, el momento de sorprender al pilar fundamental de la familia. Aquella que con más fuerza tira del carro, que no se queja, que nos demuestra a cada minuto lo mucho que nos quiere, la que nos achucha a la menor ocasión, la que siempre está pendiente de nosotros, la que sufre en silencio y comparte alegrías.

El plan, perfectamente elaborado y mantenido en secreto durante bastantes días por todos los miembros de la unidad familiar, era perfecto. Ni la más mínima sospecha de que algo fuera a ocurrir pasaba por su imaginación. El día se prestaba para ello. Había sido difícil encontrar el momento en que todos pudiéramos coincidir a la hora de cenar. Viernes, siete de diciembre, a las nueve y media de la noche. Nosotros, ella y yo, estaríamos desarrollando nuestra labor preferida en las tardes de invierno cuando ya la luz del sol empieza a declinar, cada uno con su sitio fijo en el sofá, tapados con la falda de la mesa camilla y el brasero calentando a fuego lento. Brincando entre ordenador, televisión, libro o conversación; o como es ahora el caso, sin televisión y con papel y bolígrafo. Ellos, nuestros hijos y el novio de nuestra hija, quedarían para ir juntos al restaurante que habíamos acordado alrededor de las nueve y cuarto. Yo, como sin pretenderlo, de pronto fingiría un arrebato ilusionado por compartir una cena sin velitas para dos y así celebrar su reciente cumpleaños. Se iba a resistir, pero mi insistencia sería tal, que no habría lugar a una negativa. Sin dudar a donde ir, dirigiría el coche hasta el lugar acordado. Aquí puede que sí que se extrañase porque por lo general soy más bien de naturaleza indecisa.

Pero eso sería luego, porque poco antes de comer habíamos decidido subir a la caseta de la terraza para bajar el árbol de Navidad y los adornos y luces que lo engalanarían. Y ¡cómo no!, el Nacimiento. Ella también nos ha transmitido a todos la ilusión por estas entrañables y familiares fechas navideñas. No ha habido año, desde que compartimos nuestra vida, que en el día de la Purísima, no quede montado el árbol, puesto el Nacimiento y adornada la casa con algún motivo navideño. Cuando había más espacio en la casa, montábamos con mucha paciencia y cariño, un belén de proporciones considerables, incorporándole algunos elementos mecánicos como un motorcito para hacer girar las aspas del molino, incluso poniéndole luces a las casas por dentro.

Ya estaban todas las cajas con los avalorios en la terraza, fuera de la caseta, y sólo quedaba introducir desordenadamente y como fuera posible, un somier con patas y un colchón que había que apoyar sobre un silloncito de mimbre. Yo estaba dentro de la caseta y ella fuera. Colocamos el colchón en su sitio, pero al hacerlo tiramos una percha con trajes de disfraces que había colgada de una inestable barra atravesada en la viga del techo. Yo aguanto la barra por dentro y ella intenta volver a colgar la percha pero no llega. El colchón nos separa y no veo nada, por lo que no acierto a saber que es lo que está haciendo. Tan sólo escucho un leve ¡ay!, y al asomar la cabeza por detrás del colchón, la veo allí, tumbada boca arriba en el suelo, con gesto inequívoco de dolor en el rostro. ¡El pie! ¡El pie! ¡Un esguince! ¡Un esguince!, repite entre leves gemidos.

Allí acabó la cena y la sorpresa de encontrar a nuestros hijos cuando entráramos al restaurante.

Pero a cambio, siento la inmensa satisfacción de estar el máximo tiempo posible junto a ella, y ayudarla, quererla y satisfacerla cuanto pueda y sepa.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
7 de diciembre de 2012.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una gran sonrisa rodeada de mujer



Fue niña, morena y con abundante pelo. En su momento vino a colmar de felicidad a toda su familia, pero sobre todo a sus padres. Luego vendrían dos hermanos gemelos más que acabaron de llenar el espacio familiar, de hacer rebosar la satisfacción de padres y demás familiares; y sobre todo, de ocupar todo el tiempo de su madre.

No la conocí hasta que estaba a punto de cumplir tres años. Siguió morena, se convirtió en la princesa de la familia, se hizo cariñosa, le gustaba disfrazarse y hacer de artista; y se hizo guapa y las comisuras de sus labios tuvieron que estirarse para dar cabida a su incipiente sonrisa.

Su primer concierto de música, con cinco años, lo pasó la mayor parte del tiempo sobre mis hombros, actuaba Mecano. No recuerdo mucho del concierto, pero sí de mis hombros. Se convirtió, cada vez que la veía, en guardián de mis furtivas escapadas por la sierra del Cid con mi novia, su tía. Fue testigo de mi enamoramiento.

La vi crecer. En mi boda estuvo allí, rebosante de alegría, de gozo, vestida para la ocasión con su traje de comunión, portando, sonrisa en rostro, los anillos que sellarían mi matrimonio. La sonrisa ya no se le borró nunca más de su cara.

Creció y se hizo mayor, como todos los niños; durante sus años adolescentes y de estudios, estuvo algo más distante, como el resto de jóvenes. Y fue abanderada, “Abanderada Labradora”, en Petrer, en la fiesta de Moros y Cristianos. Y lució sonrisa y belleza hasta eclipsar la espectacularidad de los trajes que portaba. Y creció aún más, su sonrisa se hizo gigante, al igual que su corazón; y siguió guapa, muy guapa; y siguió cariñosa, muy cariñosa; y volvió a tener un trato mucho más cercano, cercanísimo, sobre todo con sus dos tías novelderas.

Y conoció a un chico y se enamoró. No podía ser de otra manera. El chico, educado, cortés, sencillo, humilde. Seguro que ella lo buscó también con sonrisa. O quizá, el quedó cautivo y contagiado de la sonrisa de ella.

Y se casaron. ¡Ah, eso sí!, se casaron como ellos quisieron, haciendo gala de una personalidad y de una sensatez dignas de admiración. Madre y abuela, abuela y madre, sufrieron un cierto descontento, que creo que superaron mucho antes de la celebración, en la que iba radiante. Y me concedieron el privilegio de conducirles en el coche de novios, una vez casados, hasta el salón de bodas en el que celebramos el acontecimiento.

Y llegó el día de la procreación. Pero antes del alba, un escalofrío atormentó sus pensamientos y el de todos aquellos que los queremos. Fue un chaparrón. El desánimo pudo con todos nosotros, pero no con ellos. Me impresionó verlos a los dos, cuando las alcantarillas se tragaron las últimas gotas de agua, con las sonrisas más grandes que he visto en mi vida (sus sentimientos recorrían sus venas y llegaban al corazón, pero no se exteriorizaban).

Pero el día volvió a llegar. Esta vez sí. El corazón ya se oyó latir en su vientre. Una de sus tías fue la afortunada de experimentar con ella la emoción de escuchar los primeros latidos del nuevo ser. Dice su tío Pepe el de Málaga que “va a zer niño, porque en la ecografía ze le ve una picha azí”.

Seguro que en los próximos meses, cuando tenga que salir y su padre esté presente, lo primero que saldrá y su padre verá, será la sonrisa más grande que nunca antes ha visto la humanidad.

Enhorabona Marisa y enhorabona Ignasi.



Luis Fernando Berenguer Sánchez.
Novelda, 5 de agosto de 2007.

sábado, 17 de noviembre de 2012

"El profesor"



Transcurría el año mil novecientos setenta y siete, apenas dos años después de la muerte de aquél que no tenía suficiente con hacer lo que le daba la gana, sino que los demás ciudadanos de España también tenían que actuar como a él le apetecía, por decirlo suave, y mutis, no fuera a cabrearse.

Cursaba yo octavo de E.G.B. en un colegio de Novelda, al que le tengo un enorme cariño. Recuerdo con absoluta claridad a todos y cada uno de los profesores que se encargaron de poner a mi disposición los conocimientos que atesoraban en sus respectivas materias y, como era habitual en aquella época, hacerlo aplicando alguna dosis de disciplina que variaba según la personalidad del profesor. Como bien se intuye, andaba yo inmerso en  plena adolescencia, y para enfocar todavía más la situación, añado que pertenecía al grupo de los compañeros de clase más tímidos e introvertidos, pero a la vez, al de los que más sobresalían en cuanto a notas se refiere. Dado que en esa etapa de la vida cualquier circunstancia es capaz de influir en el futuro comportamiento del ser humano, tanto para bien como para mal, he de reconocer y confesar ahora, treinta y cinco años después, que de entre todos los profesores muy buenos que tuve, hubo uno muy especial. Aquel profesor fue capaz de marcar mi adolescencia y consiguió incluso influir en mi posterior comportamiento en la vida, al que aún hoy sigo fiel.

Con él aprendí mucho, muchísimo. Él me introdujo en el maravilloso mundo de las matemáticas, haciendo que disfrutara con ellas mientras estudiaba, y lo digo en serio. En aquel momento de dudas existenciales, se abrió ante mí un universo en el que todo tenía una explicación, y además, demostrable. Pura ciencia en donde no hay terreno para suposiciones ni conjeturas, o lo sabes y lo demuestras, o estás perdido. Sus conocimientos y métodos didácticos, entre los que destacaba el hacer participar al alumno en cada tema que explicaba, siendo por tanto las clases más prácticas que teóricas, le habían proporcionado un gran prestigio, tanto en la comunidad educativa como en el pueblo en general.

Pero había algo más en él que lo hacía todavía más peculiar, diferente. Y fue ese algo lo que digo que me marcó profundamente para el resto de mis días. Aquellas marcas, las apreciables a simple vista, desaparecieron a los pocos días, pero las otras, las del subconsciente, tantos años después, todavía me estremecen cuando pienso en ellas y las recuerdo con absoluta nitidez. Yo no fui responsable de nada, más bien fue una dejadez y provocación suya lo que provocó su ira incontenida que descargó con violencia sobre uno de los elementos más vulnerables del grupo, que acertó a estar cerca de él en ese momento, al lado de la puerta, cuando él entraba en clase. Allí es donde él mismo situaba al que en esa evaluación había obtenido las notas más altas. Da igual lo que sucediera porque no justifica en absoluto su reacción. Lo que no da igual, y nunca me dará igual, es que a medio metro de mí, no sólo me increpara con gritos inentendibles delante del resto de compañeros, sin haber hecho nada, repito, sino que además llevara su brazo derecho hacia atrás, y con todas sus fuerzas, lo lanzara hacia delante, en semicírculo, haciendo impactar la palma de su mano derecha sobre la parte izquierda de mi rostro. El tortazo me hizo girar la cabeza hacia mi derecha e incluso desplazó mi canijo cuerpo hacia el mismo lado. A continuación, aprovechó el impulso que llevaba su brazo, y al devolverlo a su posición original, recorriendo el semicírculo en sentido inverso, con el revés de la mano se tropezó voluntariamente con la parte sana de mi cara.

Me ardían los mofletes, me pitaban los oídos, se me inflamó el labio y parecía que me iba a estallar la cabeza. A los pocos días tuvo conocimiento veraz, confesado por escrito por el responsable, de lo que desencadenó su ruin comportamiento. (En la dictadura tenía que haber un culpable que sufriera un castigo y sirviera de ejemplo al resto, sólo que él no era dictador, era maestro, y la dictadura, aunque él fuera partidario, ya había terminado, y además él no era quien para aplicar los métodos dictatoriales a su antojo sobre los niños.) Aunque tuvo ocasión de ello, nunca se disculpó. Y además, habitualmente, seguía ofreciendo su mano, impunemente, al rostro de sus alumnos, incluso al de las chicas. Nunca antes nadie me había pegado ni nadie después me ha vuelto a pegar.

Nunca más lo saludé, ni siquiera en las cientos de veces que me he cruzado después con él por la calle. Al principio era yo quien lo evitaba, pero enseguida me dí cuenta que también él me apartaba la mirada. Durante muchos años esperé una disculpa que nunca llegó. Y aprendí tanto de él, que nunca jamás le he pegado a nadie, y siempre, siempre, he pedido una y mil veces disculpas hasta por lo que puedan pensar de mí.

Ya hace mucho tiempo que le perdoné, y ahora, al dejar constancia de ello, parece que me haya sacado un peso imaginario de encima.



Luis Fernando Berenguer Sánchez.
17 de noviembre de 2012.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El facebook como terapia



A nadie extraña encontrar a personas que han construido trincheras infranqueables, seguidas de muros inexpugnables, al amparo de uno mismo, que les impiden la salida al escenario social habitado o frecuentado por el resto de conciudadanos. Siempre existió alguien que, limitado por su timidez, indecisión o poco atrevimiento, quedó acomodado, aunque por lo general desagusto, tras esas zanjas y muros que lo aíslan parcialmente del mundo exterior y casi totalmente de las personas que lo pueblan, exceptuando a las más allegadas por razón familiar, amistosa, y en contadas excepciones, laboral.

Una de las redes sociales, twiter, frecuentada por los más jóvenes, con inquietudes cortoplacistas y las particulares características de tener prisa por todo, de estar obsesionados con la inmediatez de las cosas, con la narración instantánea de sus actividades, llevándoles a ser parcos hasta en palabras, y lo que es peor, en letras que desaparecen de las palabras o son sustituidas por signos, no es precisamente el medio que ayude a fomentar entre ellos una relación socialmente deseable. Ensimisma y admira ver a los que esta red frecuentan o “wasapean”, como mueven los dedos pulgares a velocidad de vértigo, superando en pulsaciones por diez segundos a los más ágiles mecanógrafos, utilizando pantallas táctiles o teclados diminutos de teléfonos móviles en los que acertar a una tecla requiere una destreza supina. En esos pocos segundos van contando cada paso que dan o cada cosa que hacen, van a hacer o piensan hacer, que en la mayoría de las ocasiones se queda en mal escribir y esperar respuesta mal escrita, acerca de banalidades insustanciales. Al menor reproche, suelen excusarse en la falsa gratuidad de tales actividades.

La red social sobre la que en verdad me interesa reflexionar es facebook, con certeza influido por ser la que uno frecuenta y seguramente porque es en la que se puede encontrar una mayor variedad de tipos de gentes, con aficiones, pensamientos, cultura, conocimientos, posición social o laboral, etc., absolutamente dispares, pero que permite una relación, trato o seguimiento, digamos que pausado, no necesariamente inmediato. Es esta red, la que probablemente ha permitido a personas socialmente poco activas, asomarse a esa ventanita que pregunta en lo que se está pensando, y asomarse, amparándose en que nadie los ve, y simplemente husmear en los muros de los demás o atreverse a exteriorizar sus pensamientos, compartir sus gustos, comentar o debatir razonamientos acordes o disconformes con los de uno, e incluso desahogarse en protestas o quejas dirigidas a nadie en particular. También compartir artículos, relatos o reflexiones paridos por la inteligencia, imaginación o destreza narrativa que cada uno pueda tener. Y una actividad muy extendida, de la que soy un entusiasta partícipe, y secundada sobre todo por los que ya tenemos una cierta edad, que es compartir videos musicales de nuestra añorada juventud.

Aunque pueda parecer extraño, el facebook ha servido a algunos para retomar el contacto con antiguas y casi olvidadas amistades, dejadas por el tiempo que todo lo consume, y hacer de ellas algo especial y gratificante. También ha permitido, haciendo honor a su denominación, red, crear un entramado de amigos y amigos de amigos, que acaban siendo amigos y amigas de uno, absolutamente enriquecedor. Todo esto ha permitido, en parte, a este grupo de personas a las que me refiero, desatrincherarse del aislamiento social voluntario al que habían optado.

De la más recóndita e inesperada ventanita, aparece alguien desconocido hasta entonces, recomendado por amigo o amiga, o descubierto por comentarios hechos a amigos propios, que nos llaman la atención, bien por ser afines, oportunos, inteligentes, irónicos, ocurrentes, aparentemente sinceros, simplemente cumplidos, generosos, elogiosos; o bien por todo lo contrario, que como en la vida misma, de todo hay, aunque estos últimos son los menos, y si se quiere, con bloquear su amistad, no solicitarla o no aceptarla, es suficiente. Si uno no quiere, no hay lugar a que se produzca enfrentamiento escrito alguno. La norma general es que cunde el respeto.

Agradezco, a los amigos largamente olvidados, su predisposición a retomar una fantástica relación que me demuestran en cada contacto escrito. A los amigos de siempre, que sigan manteniendo activo el contacto aunque sea a base de comentarios o de manera esporádica. Y a los nuevos, que mutuamente hemos aceptado la amistad, el excelente acogimiento que me han dispensado. 

A los otros, de los que paso o pasan de mí, desearles lo mejor, yo por mi camino o publicaciones, y ellos por el suyo o por las suyas.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
4 de noviembre de 2012.

domingo, 28 de octubre de 2012

Maquiavelo y yo



No creo posible que mi escasa pero inquieta imaginación sea capaz de idear ninguna acción rebuscada y conspiranoica, maquiavélica, ni siquiera paranoica, para eso ya está el eurodiputado europeo de “Iniciativa Els Verds” catalán, al que se ha sumado, como no, el Consejero de Interior catalán, que también ve indicios de un ataque aéreo español a Cataluña. Pues nada, a falta de confirmación oficial por parte del Gobierno español, los iluminados a lo suyo. Es una frivolidad demagógica, pero permítaseme la licencia con el único ánimo de ironizar.

Se suele comentar que hay cosas o situaciones que se te presentan sin buscarlas ni avisar, y también se dice que aprovechas las oportunidades o las dejas escapar, pero mejor aferrarse a ellas porque lo más probable es que no se vuelvan a presentar. En estos días se me ha presentado Maquiavelo. Sí, el florentino Nicolás Maquiavelo, el mismo. Bueno, no él en persona, es evidente, sino alguna de sus argumentaciones sobre la fortuna y la virtú desarrolladas en “El Príncipe”, que escribió al ser apartado de sus cargos en el gobierno de la República florentina a la vuelta al poder de los Medici, en mil quinientos doce. No he dejado escapar la oportunidad de conocer sus reflexiones en torno al Poder y su conservación.

Pues hete a mí comentándolo con mi hija, que ya hace algún tiempo que me ha adelantado prudentemente en conocimientos por la derecha, y sin poner el intermitente, a tal velocidad que no la he visto ni pasar, sólo he reparado en ello cuando ya estaba delante de mí, pero ha utilizado la sutileza necesaria para mantener un invisible nexo de unión que no me dejarme tirado, echando mano de una sublime modestia. Resulta que ella hizo un trabajo sobre dicho libro en segundo de carrera y además me cuenta que existe una versión del libro en la que vienen reflejadas anotaciones de puño y letra del mismísimo Napoleón. No es la versión que ella cogió de su librería y me mostró, preguntándome:
-                    ¿Quieres leerlo?
-                    Claro, tengo curiosidad –le contesté-.
Después de dármelas de instruido no iba a permitir que mi escaso orgullo sufriera el más mínimo quebranto.

Reconozco que hasta el momento no sabía nada del personaje, tan solo que cuando una acción o pretensión se cuaja de forma rebuscada o retorcida, se dice de ella que es maquiavélica. Desconozco el motivo, pero indagaré.

No sé como me llevaré con “El Príncipe”, hasta ahora sólo me ha dado tiempo a averiguar que el propósito principal del autor fue “incidir y actuar sobre la situación de crisis para efectuar una mutación en la forma de hacer política en Italia que regenerara la antigua virtú” (considerada como la capacidad subjetiva para aprovechar las oportunidades que se nos presentan o salir del paso de las circunstancias desfavorables que pueda haber producido la fortuna, que sería la que condiciona parte de nuestro margen de acción, de nuestros cursos de elección, porque no podemos controlar todas las circunstancias externas y las condiciones objetivas que nos envuelven y que son independientes de nosotros). ¿Les suena de algo?

Su teoría se caracteriza por la aparición del Estado moderno, en donde las nuevas monarquías europeas dirimen sus pretensiones a la hegemonía militar europea, basándose en la unificación del cuerpo social en torno al soberano, de la configuración de una administración centralizada y, sobre todo, de la formación de un ejército directamente a las órdenes del monarca.

La crisis la tenemos, el monarca también, incluso el ejército se puso a las órdenes del monarca el 23-F de mil novecientos ochenta y uno; y a día de hoy, el Rey, sigue siendo Capitán General de todos los ejércitos, tierra, mar y aire. Falla un poco la total adhesión social al soberano y la creciente descentralización de la administración, que ha degenerado en la existencia de duplicidades administrativas, que ahora el gobierno del Partido Popular quiere atajar dándose un margen de ocho meses para analizar donde se producen y eliminarlas, es decir, se van a gastar dinero en averiguar donde se gastan dinero de más. Genial, a ver si aciertan.

De todos modos, no iba mal encaminado Nicolás Maquiavelo.



Luis Fernando Berenguer Sánchez.
28 de octubre de 2012.