sábado, 18 de mayo de 2013

Entre el pasado y el presente, un ego.



Aquí donde me ven, o me leen, un aficionado futbolero,  moderado y colchonero, de los que no chincha ni escarnía, a quien de niño, D. Santiago Bernabeu, en su visita a Novelda acompañando a su Real Madrid para jugar un partido amistoso, le firmó un autógrafo apoyando el papel en la chepa, no da crédito. Quien admiró el fútbol, la entrega y el señorío de aquel Madrid de las memorables remontadas, con grandísimos futbolistas como García Cortés, Camacho, Gallego, Maceda, Butragueño, Michel, Santillana, Sanchís, y a la cabeza de todos, el corazón indomable de Valdano, que puso en boga aquello del “miedo escénico”, refiriéndose a la olla a presión que era el Bernabeu en los partidos europeos con el resultado en contra.

Este mismo que no se perdía ningún partido del Real Madrid, para fijarse bien fijado, en lo que hacía o dejaba de hacer por la banda derecha Michel, para luego intentar emularlo, sin conseguirlo, en su modesto Novelda. Todo se quedó en la teoría, luego en la práctica uno no hacía más que correr como un descosido y acabar exhausto cada partido.

Aquel Real Madrid, que en boca de mi buen amigo y entrenador que fue, Sergio, “no tiene desperdicio”, decía. Ese mismo equipo señor, respetuoso y respetado, con las lógicas rivalidades deportivas, bien recibido allá donde fuera, y buen anfitrión de sus huéspedes.

Ese mismo yo, que una vez retirado del fútbol activo, tuvo la fortuna de vivir una jornada emocionante y gratificante. Con la misma ilusión que despierta en un niño estar sentado al lado de sus ídolos, compartiendo mesa y mantel con futbolistas del Real Madrid que lo habían sido todo en el mundo del fútbol, estaba yo; y a las pocas horas los tenía enfrente, dispuesto a jugar contra ellos un partido de FÚTBOL. Allí estaban los veteranos García Navajas, García Cortés, el veteranísimo portero Vicente, Miguel, que jugó gran parte de su carrera deportiva en el Elche. También estaban Santillana, Magdaleno, Guerini y como capitán, D. Amancio, con casi sesenta años. Y allí estaba yo, ilusionadísimo, corriendo tras el balón que siempre tenían ellos. El “chupete” Guerini, en un lance del juego, me dijo que yo corría mucho, que no era veterano y que estaba todavía para jugar, pero que no me cansara más corriendo, que de cada diez veces que lo hiciera igual le quitaba una. ¡Manda huevos el argentino! Para ver como se pasaban el balón me hubiera quedado en la grada.

Y todas estas añoranzas para qué. Saltemos un buen trecho en el tiempo y situémonos en la actualidad. Con la misma objetividad que he relatado lo anterior, encuentro ahora un Real Madrid desvencijado. En líneas generales, allá donde va, al Madrid se le pita más que se le aplaude. Un “ego” incomprensible para mí, se he encargado, él solito, de enterrar y echar cal por encima a todos aquellos valores que caracterizaron a la entidad blanca. Y pienso sinceramente que hubiera dado igual que consiguieran algún título. Lo que ha hecho no conseguirlo ha sido acrecentar esa sensación de rotura y desunión. Las formas, los comentarios egocéntricos (yo, yo y yo), las decisiones, los comportamientos en general de ese ser tan orgulloso y prepotente, han hundido la imagen del Real Madrid, señor que otrora fue, y han desunido a gran parte de su plantilla. Futbolistas ayer imprescindibles, hoy veían el partido desde la grada o el banquillo. Todos los entrenadores que consiguen algún objetivo, coinciden en afirmar, al ser preguntados por el éxito, que éste radica principalmente en la unión del vestuario. El citado no habla mas que de él mismo, y si habla de alguien es para menospreciarlo.

A pesar, como sabéis, de ser fiel rojiblanco, deseo, para el bien del Madrid y del fútbol español, que salga del corral blanco ese pollo que lo ha dejado todo perdido. Y ni lo nombro. Y que el Real Madrid recupere cuanto antes su prestigio y su señorío. Los sensatos aficionados lo agradecerán, y sobre todo a los niños les vendrá bien.  Y antes que se me echen al cuello, que sí, que en todos sitios cuecen habas, lo que hay que procurar es que no se pasen y no se deshagan. Y si hay alguien capaz de abstraerse al fanatismo del color, y de verdad le gusta el fútbol, conseguirá, a pesar de todo y de todos, disfrutar de tácticas y estrategias como yo disfruto. Aunque parezca que todo está inventado y que casi siempre se impone el talento, ayer en el partido de la final de la Copa del Rey, que disputaron los equipos del Real Madrid y Atlético de Madrid, descubrí hasta casi una decena de detalles tácticos y estratégicos que guardo para mi satisfacción. La más importante, el triunfo por supuesto; la más ingrata, ver a un equipo dividido y sin entrenador. Y conste que el Real Madrid, con la incuestionable calidad que atesoran casi todos sus futbolistas, tuvo clarísimas ocasiones de gol para haberse llevado el partido.




 Luis Fernando Berenguer Sánchez.
18 de mayo de 2013.

sábado, 4 de mayo de 2013

Vaivanes



Un desagradable recuerdo turba aún más mi intranquilidad. Imagino de nuevo ver a mucha gente en la pantalla de la televisión, sentada en los escaños del Congreso de los Diputados, pitando y aplaudiendo cual si fans del más afamado cantante o fanáticos aficionados futboleros se tratara. Un deplorable espectáculo de quienes han sido elegidos por el pueblo español para representarnos e intentar gobernarnos. Una frase, que no se escucha pero que se lee claramente en los labios de una señora, repetida varias veces y gesticulando con los brazos al tiempo que la pronuncia, cala en lo más hondo de mí. ¡Que se jodan! ¡Que se jodan! ¡Que se jodan!...Los demás siguen aplaudiendo o pitando dependiendo del asiento que ocupan. ¡Qué pena! Hace ya algún tiempo de esto, y no entiendo porque me viene ahora a la memoria. Será que en la realidad ya empiece a estar jodido.

Y si así fuera, por eso siento que te desvaneces e irrumpes como el aire, ánimo. Cual carrusel ondulado que aprovecha el descenso para tomar impulso y salir despedido al ascender, con euforia desmedida, al firmamento. Para volver a descender en vertiente imposible hasta lo más hondo del sentimiento humano. Para descifrar allí y no entenderlos, comportamientos humanos malignos, rencorosos, soberbios, orgullosos, egoístas, intransigentes. Para emerger de nuevo con ilusión renovada, agradecimiento no expreso por lo recibido, sin ningún rencor y el perdón concedido sin olvido del mal recibido. Con la cabeza bien alta pero con la sensación de ser como una olla a presión a punto soltársele el último tornillo que soporta el arnés, que una vez más ha resistido el envite. Con el dolor difuminándose poco a poco. Con proyectos asumibles a medio plazo. Con calma, sin precipitación ni decisiones drásticas que satisfarían al desafiante provocador. Estás vendido amigo. La ley ni te protege ni te ampara. ¿A dónde hemos llegado? ¿Cómo terminará esto? El rico es cada vez más rico, y a él, si su fortuna es lícita, no lo critico; y el pobre, ¡pobrecito del pobre! ¿Y la clase media? En vías de extinción, amigos.

Aquí empieza una nueva etapa en esta imprevisible vida. Recién estrenado el segundo medio siglo de mi existencia. ¡Qué mejor momento! Con el aliento, apoyo, protección y paciencia de la gente que me rodea. Que sin palabras me entiende, y con gestos y abrazos siento tan cerca, tan presentes. Cada uno de vosotros sabéis que estáis, os reconoceréis, sentiréis mi agradecimiento. A partir de este mismo instante, en que la situación es irreversible, la sala de máquinas ya está en proceso de puesta a punto para emprender una nueva y deseada desde siempre travesía. Veo que me equivoqué. No hace mucho, al cruzar ese emotivo umbral de la cincuentena, no auguraba para mí premio bueno alguno con que la vida me fuera recompensar a estas alturas de mi existencia, con casi todo resuelto y tanto inesperado por resolver.

Llegó el momento, amigo. Recoge bártulos, prepara el equipaje, infúndete del valor que nunca tuviste y afronta, ya que te has decidido, con todas tus fuerzas esta nueva empresa. ¡Suerte, maestro! Aprovecha ahora que estás arriba. Sabes que puedes y sobre todo, te lo debes.



Luis Fernando Berenguer Sánchez.
4 de mayo de 2013.

sábado, 20 de abril de 2013

Siento que llego



Hace ya algún tiempo que siento que me acerco. Él está ahí, insensible, acechando mi llegada para, en el mismo instante, quedarse atrás. Ha sido un largo camino el que he tenido que recorrer hasta llegar a este punto en la vida que desnuda mi sensibilidad. Me emociona sólo el pensar que llegaré. No da igual en que situación y condición, pero llegar y pasar ya es motivo de satisfacción. A la vez me desconcierta saber que el paso será efímero, que no encontraré nada nuevo del otro lado, ni sentiré diferente porque no podré detenerme allí. Me vienen a la memoria aquellos versos de Antonio Machado en los que nos recuerda que estamos de paso: “Todo queda y todo pasa, / pero lo nuestro es pasar, /  pasar haciendo caminos, / caminos sobre la mar. / Nunca perseguí la gloria, / ni dejar en la memoria, / de los hombres mi canción.”…

Nunca antes hasta ahora había tenido la sensación de que me acercaba tan deprisa. ¿A dónde? Ni yo mismo lo sé. Pero donde quiera que sea, unas veces con la calma que proporciona la experiencia, otras con la incertidumbre de no saber nunca lo que va a suceder, algunas con la impotencia propia de la condición humana y siempre, con la subjetividad condicionada por los propios ideales, observar cuanto acontece a mi alrededor e intentar condicionar hasta el límite de lo posible mi destino. En algunos momentos o situaciones, puede que se haya instalado en mí algo tan peligroso como desaconsejable como es el conformismo. Pero es que uno ya ha vivido tanto, y pasado por tantos trances, que cada vez le van quedando menos resortes donde se pueda sostener imaginar, y mucho menos pretender, que la vida le vaya a premiar con algo tan extraordinario como inesperado, que hasta ahora no le haya ocurrido ya. Más bien desea, que lo bueno que le pueda ocurrir, le suceda mejor a los que vienen por detrás de él.

Y no es que piense que al llegar y pasar, ya no haya vida después. Al contrario, tengo muy buenos ejemplos, tanto entre amigos y conocidos como en desconocidos, que me demuestran a diario que tras ese momento, que apenas durará un segundo, todo seguirá igual. Seguiré siendo el mismo, tendré los mismos gustos y aficiones, los mismos defectos y las mismas virtudes (si es que humildemente pienso que tengo algunas), pensaré como hasta entonces (en ocasiones con los mismos errores y contradicciones de siempre); si conservo el trabajo, allí seguiré; o a lo mejor todavía, si llega algún momento en que la obligación quede algo liberada, me atreva a aventurarme en algo que no mine tanto la salud física. Los hijos seguirán creciendo, acabarán sus estudios, se marcharán (la mayor de casa y del país, el pequeño ya se verá); me aferraré con todas mis fuerzas a la persona que me acompaña y a la que siempre amé. Y en cuanto a lo físico, las dolencias y limitaciones comerán terreno a la actividad física que siempre en exceso desarrollé, de hecho, ya me lo van comiendo casi sin darme cuenta.

Por otro lado, no espero encontrar ningún precipicio ese momento del veintitrés de abril de dos mil trece, porque es seguro que ya crucé la cima, y ando algún tiempo ya, con el freno de mano echado para no descender demasiado deprisa la cuesta inversa de la vida, cosa que soy consciente no depende del todo de mí. Sin duda gozaré o sufriré por cosas diferentes en cada momento, como todos. Pero mientras quede en mí un hálito de sensatez, cordura e independencia, procuraré mantener el pulso firme en las batallas contra mi más poderoso enemigo. En más de una ocasión me venció, pero ya hace tiempo que consigo mantenerlo a raya y seguiré luchando para que nunca más me pueda derrotar.

Y disculpen que insista, pero es que ya llego. Y no es que lo sienta, ni lo vea, ni lo oiga, pero no puedo disimular que me gusta la sensación interior y personal de haber tenido la fortuna, que otros no tuvieron, de haber llegado ya al medio siglo, y sobre todo, poder contarlo.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
17 de marzo de 2013.

lunes, 25 de marzo de 2013

Un cofrade tardío



Es Semana Santa de uno de aquellos años en que uno no entiende demasiado de la Pasión de Cristo. La “palma” ya está en casa. Larga, más alta que uno mismo y más larga que la del año anterior. Esos Domingos de Ramos siempre había que estrenar algo, aunque las circunstancias hacían que algunas veces fueran tan solo uno calcetines blancos, de aquéllos que no daban de sí, almidonados, con agujeritos pequeños. Otros años, el presupuesto o las necesidades propias del crecimiento, hacían que la prenda a estrenar fueran unos zapatos de charol, que luego se guardaban exclusivamente para los domingos y festivos. También podía caer algún jersey o unos pantalones cortos. Sí, digo bien, pantalones cortos que hacían que los muslos se pusieran morados los días de frío. Era lo habitual, los chicos llevaban pantalones cortos hasta una edad en la que los pelos de las piernas empezaban a no ser agradables de ver. No faltaba tampoco la foto en la Glorieta o en la Plaza Vieja, delante de Jorge Juan, firmes, asidos a la palma apoyada en el suelo.

Uno ya no recuerda muy bien si sus padres lo llevaban a ver alguna de las procesiones que se realizaban durante la semana, hasta el Viernes Santo. Pero de ese día, sí que anidan en la memoria algunas imágenes, como fotos fijas, de algunas Cofradías y Hermandades y de los tronos que les acompañan en las procesiones. Tengo muchas, pero de entre las imágenes más llamativas podría destacar la solemnidad del “Santo Sepulcro”, con Jesús yacente, foto en la que veo a la gente puesta en pie al paso del trono. A la cabeza de las dos filas de cofrades, dos bombos que se responden con rabia un solo golpe, a intervalos de varios segundos, que se hacen eternos. Otra imagen impactante, guardada en el recuerdo, es la de “Nuestro Padre Jesús”, con su túnica morada, portando la cruz a cuestas y la corona de espinas sobre la cabeza, camino del Calvario. Pero ya digo que de esos años, todo eso no son más que fotos sin relación ni discernimiento.

Si damos un pequeño salto en el tiempo, tampoco demasiado, uno recuerda que acudía ya a la procesión del Viernes Santo, en la que procesionan todos los pasos, con sus amigos. La procesión siempre se veía dos veces. Una al principio, colocándonos a un lado, y otra en el tramo final, situándonos ahora en el lado contrario. Había que hacer el  mayor acopio posible de caramelos, con los bolsillos de  la chaqueta y del pantalón a reventar. Era un bonito juego de desconocimiento sobre quien alargaba la mano para ofrecernos caramelos y de incertidumbre, a la espera de ser obsequiado o no por el capucho que pasaba por nuestro lado.

Luego llegaría ya la adolescencia, y el juego, aparte de consistir en descubrir quien era el que nos había dado los caramelos, introducía la variante de observar los zapatos y la mano del cofrade (si no llevaba guantes), para averiguar si era una chica la que nos obsequiaba. Esta variante en el juego podía llegar a ser obsesiva hasta tal punto, que en más de una ocasión nos íbamos al final de la procesión, a Plaza Vieja, para esperar al capucho en cuestión y averiguar, en el momento de descubrirse, de quien se trataba. Algo alejados y medio escondidos, asistíamos a ese maravilloso momento de comprobar si la persona que iba bajo el capucho, era la chica que nos gustaba. Un momentazo.

Y uno ya crece más, y hay un momento en el que casi desconecta de este mundo de la Semana Santa. Siempre me llamó la atención pero nunca lo suficiente como para involucrarme en ella y participar como cofrade. Tampoco se dieron las circunstancias adecuadas que me hicieran dar el paso. Ni en la familia ni en el grupo de amigos había nadie que perteneciera a ninguna Cofradía. Haciendo una breve aclaración, añadiría, que mi relación con la Iglesia Católica ha tenido constantes altibajos. Los momentos de mayor acercamiento, dos sobre todo, coincidieron con las comuniones de mis hijos. Fueron dos épocas, en las que por coherencia y también por convicción, viví muy de cerca la religión católica. Luego, la relación se ha vuelto a enfriar, pero reconozco que el poso católico siempre ha estado ahí. Yo decía y digo, que soy católico no practicante. El motivo no es otro que encontrar una barrera infranqueable que moralmente me impide acercarme incondicionalmente a determinados postulados retrógados, incoherentes y hasta despreciativos hacía a algunas personas, en los que los máximos mandatarios de la Iglesia Católica se muestran intransigentes. Alguno de esos postulados, que no voy a especificar, afecta directamente a personas buenas, muy queridas por mí. Y mi elección es clara.

Pero volviendo al tema, ya han pasado bastantes años más, y a pesar de todo, mi poso católico, a mi modo, sigue intacto. Para ser cofrade sólo faltaba que en algún momento concurrieran las circunstancias y el momento adecuados para ello. El momento podría haber sido cualquiera, yo mismo lo hubiera podido elegir, pero nunca lo hice. Por tanto, era necesaria la circunstancia, que llegó en forma de persona apasionada por la Semana Santa. Era y es, uno de los pocos del “paso”, que durante todo el año venden lotería para el último sorteo del mes, con un beneficio nada extraordinario para el trajín que ello conlleva. Es también uno de los hermanos que va empujando el carro en las procesiones. Lo conocí en el trabajo. No estuvo demasiado tiempo allí, pero desde el primer día encontré en él una cercanía de las que pocas veces se encuentra. Pronto surgió el tema de la Semana Santa y del “pas” en nuestras conversaciones, y a las pocas semanas, ya me empecé a quedar con un décimo de lotería de la Hermandad. La cosa se fue calentando, y ese primer año, ya le quise pagar la cuota para apuntarme. No la pagué, no me dejó. Me animó a que me hiciera la Vesta, que saliera en las procesiones y añadió que el primer año tenían como norma no cobrar la cuota a los que se apuntaban, que con el gasto del traje era más que suficiente. Así y todo continué sin decidirme, y tuvo que ser mi mujer, Mari Carmen, la que en connivencia con mi amigo, Luis Javier Cantó, urdieron la trama. Mi mujer compró la tela para mi Vesta y para la de nuestro hijo Luis, y Luis Javier le prestó un traje para que la modista se guiara a la hora de confeccionarlas. Por descontado que tuve que ir a la modista, más que nada para que el traje saliera de mi medida. Por ello ahora, les agradezco a ambos el empujón que me dieron y que me convirtieron, por fin, en un cofrade tardío.


Y llegó el día, Martes Santo, siete y media de la tarde, plaza de Santa Teresa de Jornet (San Roque). El carro, trono es más correcto, ya está preparado en la puerta de la Iglesia de San Roque. Las flores frescas y coloridas y los cirios encendidos dan majestuosidad al conjunto escultórico de “Jesús Caído”, formado por las imágenes de Jesús Caído con la cruz a cuestas, un trompeta y un sayón instando a Cristo a levantarse. Impacta observar detenidamente la resignación y el sufrimiento que refleja el rostro de Cristo y la agresividad del sayón. Los encargados del paso empiezan a formar las dos filas delante del carro, una a cada lado. Van enganchando los palos unos a otros con cuerdas y arneses. Comprueban que todos tienen la luz encendida. Nos hacen ir avanzando para quedar en posición. Nos colocamos los capuchos. Todo listo.

La banda de música comienza a tocar los primeros acordes de una marcha procesional que no recuerdo. Las filas empiezan a avanzar, cierro los ojos, doy gracias y un escalofrío recorre todo mi cuerpo dejándome los pelos de punta. No puedo controlar las lágrimas que se deslizan por mis mejillas. Por fin, muchísimos años después de haberlo deseado, ese Martes Santo de dos mil nueve, comienzo a procesionar con la “HERMANDAD DE JESÚS CAÍDO”.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
21 de marzo de 2013.
 

martes, 19 de marzo de 2013

Granos de arena



¿Quién salvará nuestras almas,
menores que un grano de arena,
si disueltas en aguas bravas,
son primero zarandeadas,
luego dispersadas
y finalmente anuladas.


No puedo evitar sentirme grano de arena en la inmensidad del universo. Grano de arena con voluntad custodiada pero sin consistencia ni fuerza, capaz de ser arrastrado por el viento o diluido por la más mansa agua. Solamente unido a otros granos de arena, ordenadamente amalgamados, formando pequeñas piedras sin aristas discordantes, percibo ser un poco más fuerte, pero aún así, totalmente vulnerable.

Es de este modo como veo funcionar el entramado social, laboral, económico y político que hemos construido. Nos unimos a unos pocos para formar piedras pequeñas y sentirnos más fuertes ante cualquier situación inesperada. Solos, no somos nada, aunque lo parezca. Cuando todo funciona de un modo razonablemente normal, con esta manera de actuar puede que sea suficiente, pero cuando la situación se tuerce y comienzan a surgir problemas individuales o colectivos de cualquier tipo, ni creo que sea suficiente ni me da la impresión de que hagamos, en general demasiado, por modificar el modo de comportamiento. En numerosas ocasiones nos limitamos a quejarnos o protestar en foros inadecuados para la obtención de los fines denunciados.

La observación casi obsesiva que practico a menudo hace que me dibuje un escenario actual, por supuesto subjetivo y del que me surgirán numerosos detractores, que aunque difícil, es poco o nada catastrófico para una gran mayoría de piedrecitas independientes que conviven en el mismo espacio social, más o menos a su aire, sin sentir la necesidad vital, laboral, económica, política o de cualquier tipo, de unirse a otras piedrecitas. Trasladado esto a la realidad, significaría que sigue habiendo un importante número de ciudadanos, con el suficiente o sobrado nivel de ingresos, que lógicamente no forman parte de ningún colectivo reivindicativo ni participan activamente en ningún tipo de protesta.

El resto, los afectados, que aunque son muchos y cada día vamos siendo más, como adelantaba anteriormente, ni siquiera cuando nos bombardean con noticias que demuestras las dificultades por las que atraviesan los ciudadanos en particular y el país en general, somos capaces de acercarnos a otros grupos de tamaño similar para formar una gran roca que sea capaz de resistir cuanto le venga por un lado, por el otro o desde arriba. Se abren múltiples frentes de lucha, colectivos de la sociedad a los que identifico con las piedras, que por sí solos, actúan de manera desacompasada y en diferentes lugares y días; y si consiguen algo de lo que reivindican, se reduce a asuntos absolutamente particulares de su ámbito social o laboral.

A día de hoy, no consigo apreciar una firme determinación en nosotros para afrontar de manera conjunta cualquier acción. De forma honrosa y elogiable, se produjeron, el pasado sábado veintitrés de febrero, un gran número de manifestaciones en prácticamente todas las ciudades del país, que aunque multitudinarias, me da la impresión particular que más multitudinaria aún, fue la no participación de la ciudadanía en tales manifestaciones. Entre los ausentes están, por supuesto, los no necesitados, pero también un gran número de afectados por algo o por todo. Pero ni todos tienen las mismas convicciones, ni las mismas ganas, ni la misma necesidad de involucrarse en las protestas o reivindicaciones conjuntas.


            Mientras tanto, la vida sigue, sin detenerse, y hasta pasados muchos años, no sabremos como quedan reflejados en la historia nuestros comportamientos actuales.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
19 de marzo de 2013.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Breve tratado del tiempo



¿Quién no ha recurrido alguna vez, para excusarse de algo, a la falta de tiempo? ¡Es que no tengo tiempo! Y si se nos permite, comenzamos a enumerar las infinitas obligaciones diarias que nos impiden realizar acciones tan saludables como estar de vez en cuando con los amigos, leer, hacer algo de ejercicio o simplemente caminar, viajar (si se está en disposición de ello), visitar a familiares o escribir, que es para lo que yo más a menudo utilizo la excusa del tiempo como argumento de la poca escritura que prodigo. Y no es que cuando lo hago busque gustar a un determinado público, ni siquiera pretendo que la gente me lea; más bien al contrario, muestro habitualmente un excesivo pudor a la hora de mostrar lo que escribo, consciente, tanto de los temas que abordo como de las limitaciones propias del arte de la escritura.

¿Y qué somos sino tiempo? Nos medimos por el tiempo. La edad no es otra cosa que el tiempo transcurrido entre nuestro nacimiento y el momento actual. Trabajamos por tiempo: “La jornada laboral será de … horas semanales”. “Se recomienda dormir un mínimo de siete horas diarias”. Y así todo, todos los días de nuestra vida.

Si uno no tiene proyectos e ilusiones porque dice no tener tiempo para llevarlos a cabo, es que mentalmente está muerto. Un joven, de los muchos que abundan hoy en día, que se ha dejado llevar y no dedica su tiempo más que a consumirlo infructuosamente, es mentalmente viejo. En cambio, todos conocemos a personas mayores con infinidad de proyectos e ilusiones por realizar, algunos de los cuales no podrá realizar jamás por una cuestión obvia. Ello hace de él una persona insultantemente joven. Y no sirve la excusa de que si la persona está jubilada dispone de tiempo. Uno adecua los proyectos a la disponibilidad tanto temporal como material.

Otro aspecto importante para la utilización del tiempo es plantearse en cada momento lo que le pedimos a la vida y lo que la vida nos pide a nosotros. Por pedir que no quede. Se puede desear todo lo deseable. No voy a exponer nada susceptible de ser deseado porque cada uno puede aspirar a realizar proyectos o tener ilusiones totalmente diferentes. Cosa distinta y fundamental, es para lo que la vida te pide que dediques tu tiempo en cada momento. Algún ejemplo significativo puede ser cuando uno tiene niños pequeños que le absorben totalmente o cuando tiene a sus padres mayores y, según para que cosas, le puedan necesitar a uno. En estos casos o en otros diferentes, que pueden ser incluso puntualmente laborales, la vida nos está pidiendo que dediquemos parte de nuestro tiempo a cuestiones tan importantes como ineludibles diría yo.

No caigamos tampoco en la trampa de elaborar una lista de proyectos e ilusiones, ni desproporcionada en cantidad ni incumplible en posibilidades. Es cuestión de establecer prioridades a la hora de hacer uso del tiempo disponible y aferrarse a la sensatez para adecuar las posibilidades a la magnitud del proyecto.

Puede parecer fácil todo esto, pero aseguro, que a pesar de creer ciegamente en lo expuesto, no tengo tiempo.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
27 de febrero de 2013.

domingo, 10 de febrero de 2013

El "DON" de la escritura



Cada uno de nosotros es susceptible de tener alguna cualidad que lo lleve a ser bueno en algo, muy bueno o único y excepcional. El grado de excelencia de la cualidad en cuestión lo determinará. Es posible también y hasta de lo más común, no encontrar ningún signo de exclusividad en la inmensa mayoría de ciudadanos que formamos parte del entramado social. Unos y otros estamos obligados a convivir de la mejor manera posible y en principio, por ley, nos asisten los mismos derechos y obligaciones.

Me resulta por lo general fácil, aceptar, descubrirme y elogiar objetivamente, si ello es posible, que creo que sí, las cualidades distinguidas que pueda apreciar en cada uno de los ciudadanos que conviven conmigo. Da igual el ámbito en el que me mueva o me inmiscuya y el pensamiento contrario. En este caso en particular me estoy refiriendo al "don" de la escritura. Considero que existen elementos más que evidentes para apreciar y valorar en su justa medida cualquier signo de distinción que pueda determinar la exclusividad. Para que el grado de aceptación social de la persona cualitativamente excelente sea mayoritario, creo necesaria, por añadidura, que una alta dosis de humildad guíe su proceder. En todo caso es inevitable que surjan susceptibilidades heridas, criterios discutibles, envidias e incluso insidias y aversiones que contradigan la opinión general, pero si lo que se juzga es el “don”, huelga lo demás.

La aceptación de la realidad, no la mía, la de todos, siempre debiera estar por encima de aquellos individuos incapaces de aceptar con dignidad el rol que les ha tocado desempeñar en esta vida. La única que tenemos y que vamos a vivir. Desgraciadamente no aprecio que sea esto lo comúnmente aceptado. No acabo de entender como algunas personas, demasiadas últimamente, se aferran a pensamientos únicos, desdeñan sistemáticamente cualquier postura o pensamiento distinto de los suyos y son capaces de creer salir indemnes de posturas contradictorias, comentarios descalificantes y hasta de actitudes despreciativas. Pero este es otro tema al que el maltrecho subconsciente me ha deslizado, y por el que prefiero no transitar en este instante en pos de mantener una adecuada estabilidad emocional que me permita finalizar objetivamente la reflexión que había comenzado.

Para ello, me gustaría abrir un apartado nuevo que me permita desarrollar una teoría en la que tengo mucha fe. Se trata de la “cultura del esfuerzo”. Todo lo anteriormente expuesto en los primeros párrafos no tendría ninguna repercusión si la persona agraciada con el “don” (cualidad), se hubiera dejado llevar y no hubiera dedicado ningún esfuerzo en aprovechar y desarrollar la cualidad poseída. Asimismo, quiero poner en valor e incidir para que se tengan muy en cuenta a aquellas personas, que sin haber sido dotadas de ninguna extraordinaria cualidad (“don”), han alcanzado objetivos inimaginables, tan sólo explicables a través del esfuerzo, la constancia y la determinación. Y aún sin conseguir objetivo alguno, su actitud bien es merecedora del máximo respeto.

Vaya mi elogio, tanto para los que tienen el “don” y lo han desarrollado, como para los que se han hecho un hueco a través de la cultura del esfuerzo; y también, como no, para los que a pesar del esfuerzo no han conseguido sus objetivos. Claro ejemplo de las dos primeras posibilidades se han materializado simultáneamente, en un mismo día, con la publicación de sendos artículos en el diario Información de Alicante, el sábado 9 de febrero de 2013,  por parte de un hijo con "don" y un padre constante, esforzado y con mucha determinación.


Luis Fernando Berenguer Sánchez.
10 de febrero de 2013.